Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo.
El joven se acercó a la mesa.
—Tú, Chirri—dijo de una manera imperiosa—, vete a casa del Nacional y dile que mañana esté listo para las siete.
El Chirri se levantó inmediatamente y salió escapado.
—¿Quién es este señor?—pregunté yo, señalando al hombre del bigote.
—Este es Paquito, nuestro patrón—me dijeron—, el amo de la red de la que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes.
—¿El no suele estar allá?
—No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando, que se llama el Lince, y otra más pequeña, la Consolación.
Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban en mi mesa, que después se me acercó.
—El patrón—me dijo—quiere hablar con usted.