Me levanté y fuí a su mesa.
—Siéntese usted—me dijo Paquito—y tome usted lo que quiera.
Me senté y pedí una taza de café.
Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.
—¿Es usted inglés?—me preguntó de pronto.
—Sí, señor.
—Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.
—Es verdad.
—¿Ha sido por capricho?