La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo de reconocimiento de la masonería escocesa, al cual contestó el teniente.

—Sabía que era usted amigo o enemigo—dijo Eguaguirre—, que no era usted persona indiferente.

—Somos hermanos—replicó el Capitán.

—Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que le ayude.

—Mi amigo Thompson y yo—dijo el Capitán—volvemos de Grecia, donde hemos estado en compañía de lord Byron. A la altura de este puerto tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde íbamos por imposición de los marineros, que habían supuesto que Thompson, el enfermo y yo estábamos los tres apestados. Respecto a nuestros proyectos, Thompson quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella, luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.

—Creo—repuso Eguaguirre—que lo que más le conviene a usted es ir a Valencia.

—No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos agentes en esas ciudades del litoral mediterráneo.

—Sí, es verdad—dijo Eguaguirre estremeciéndose y mirando a derecha e izquierda—. Entonces tendrá usted que esperar un laúd que vaya directamente a un puerto de Francia.

Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre intimó con el Capitán. Thompson, en cambio, nunca simpatizó con el oficial de artillería. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson prefería ir a pescar.

El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a Eguaguirre en sus paseos a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban con otros militares jóvenes, y también con frecuencia con una damita rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo, marchaba muy esbelta y elegante.