La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos de corrupción. Únicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura del ejército en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difícil será encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; en cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana y fuerte.

Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las historias y murmuraciones de Ondara...

Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo, entró Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendió en la cama. Durmió un rato. Había dejado la ventana que daba a la galería abierta, y al despertarse oyó un rumor de conversación.

Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos que hablaba con un joven oficial de la fonda.

El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba al joven oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos. Thompson oyó toda la conversación, esperó a que se marcharan los militares, y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre y al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante de la calle Mayor.

Thompson explicó lo que había oído.

—¿Qué ha dicho don Santos de mí?—preguntó Eguaguirre.

—Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida militar de guerrillero con Mina, fué perseguido como conspirador, en 1816, en Denia; que su mismo tío castigó con rudeza a los realistas de Villarrobledo, en 1823, y que usted está en relación con él.

—¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?