—El que no quiere mas que mi dinero es usted—le contestó ella violentamente, y aseguró que no, que no la casarían con otro.

Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al convento de Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento de la Clavariesa, y volvió a ser el caballero de Kitty, que le aceptó con todas las consecuencias.


—No comprendo el éxito de Eguaguirre—dijo Thompson.

—Mi querido amigo—replicó el Capitán—; el éxito de Eguaguirre es, como todos los éxitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos. Hablo desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre es de estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? ¿En qué consiste? ¿Cómo la ha desarrollado? No lo sé.

—Encuentro muy problemático lo que usted dice.

—Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los hombres puros, angelicales, de los sabios, de los héroes.

—No, no; ya sé que no.

—Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre éstos no cabe duda que hay unos que, sin saber por qué, hacen mover con más facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las mujeres mejor que los otros? Tampoco. Como todos los demás, en estas cuestiones amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia de los demás, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la mujer que hace de juez y de árbitro en el juego está dispuesta a creer que para aquel hombre escogido por ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la arbitrariedad de la Naturaleza.

—Es posible que sea así—dijo Thompson—; yo, la verdad, no le encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.