—¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema, es el desdén... Quizá le agradecen vivir exclusivamente para ellas, cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de su Tenorio.
—Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre valga la pena de tantos cuidados.
—Amigo Thompson. Está usted hablando como un niño. ¿Es que va usted a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los imbéciles y de los egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es la fruta que más les ilusiona.
Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.
Thompson quedó algo preocupado con las palabras del Capitán, y como no quería ser un negador sistemático, intentó estudiar a Eguaguirre.
No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso, sombrío, con una gran fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus fuerzas. Otro atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.
El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropología práctica, encuentra que hay tres clases de egoísmo: el egoísmo lógico, el estético y el práctico.
El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el estético, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinión general, y el egoísmo práctico subordina todo lo del mundo a la vida de uno.
Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; pero el que le poseía por completo era el egoísmo práctico. Sentía desdén por la gente, creía despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstáculo para que fuera capaz de exponer la vida para que los demás, una turba de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el teniente Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera.