Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la Clavariesa.

Siguieron todos visitando el convento.


Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.

Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.

Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los moros.

Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol, con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados musgosos y sus cipreses negros y afilados.

Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos, parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban ascendiendo penosamente la montaña.

Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.