Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul.

Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio.

Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.

—¿Y por qué no ha entrado Thompson?—preguntó Kitty.

—Tenía que hacer un encargo mío—repuso el Capitán.

—¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?

—Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos.

—No diga usted papistas. ¡Qué horror!

—¿Es usted ferviente católica, Kitty?