—¿Tan malo le cree usted?
—No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de conquistador.
Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:
—¿También tiene usted mala opinión de Urbina?
—No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque, elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima.
Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la tarde, marcharon a la playa y entraron en la Joven Rosario.
El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando una gran vuelta.
Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que llevaba el Capitán.
—No me ha dicho usted para qué es la jaula—dijo.
—¿Y quiere usted saberlo?