—¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.

Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron a la fonda de la Marina.

Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a la Clavariesa, que iría al convento llevada por una paloma.

Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más susceptible de sentimentalismo que el Capitán.

Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió, y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la Columba Tabellaria. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro, después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.

—He escrito una tontería—dijo Urbina—. Va a creer que soy un imbécil.

—Ya no puede usted recoger la carta del correo—exclamó el Capitán burlonamente.

—Se va a reír de mí.

—¡Qué se ha de reír!—exclamó Kitty.