El Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura de Urbina.

Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la intimidad de los amantes.

A las dos semanas de cruzarse cartas entre la Clavariesa y Urbina, el oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su novia.

Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller, el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía, porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra.

El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para chasquear al despótico tutor.

Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó que debía hacer un gran esfuerzo.

Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán.

—¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?—le preguntó el Capitán.

—Yo creo que sí.