—Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras, alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá el dinero, y nos pasearemos.
—Bueno; no importa.
—En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles; pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha, se casa usted, y laus Deo.
—Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien—dijo Urbina.
—Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.
—No; no los tengo.
—La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.
Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier objeto.
Este contrabandista, el Farestac, de apodo, era hombre fornido, de mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos peludas. El Farestac vivía con su madre, una mujer también roja y también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio cabaña.
El Farestac era un solitario, un insociable; necesitaba espacio, soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.