El único amigo y compañero del Farestac era el Rabec, viejo pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de cuervo y el gorro rojo y agujereado.
El Rabec tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra un anillo de plata.
El Rabec era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre. Su risa, su raílla, era siempre cruel y sangrienta.
El Rabec tenía un perro de aguas, el Dragó, feo, sucio e inteligente.
En la barca del Farestac, que se llamaba la Sargantana (la lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil como un mono. La Sargantana del Farestac no era una barca limpia y bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban llenas de remiendos de varios colores.
La Sargantana no era un lacértido respetable, sino una lagartija bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del bien.
Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el Farestac, el Rabec y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir.
Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los argonautas de Ondara salieron en la Sargantana, en dirección del Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas cestas con comestibles.
Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.
Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del Farallón.