El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban las olas.

Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron. El Dragó, el perro de Rabec, fué el primero que saltó a tierra y subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas que tenían allí su nido.

Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos de aves.

Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a contemplar la costa.

Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas.

—Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana—dijo el Capitán—en que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir el entretenimiento que quiera.

—¿Hay tantos?—preguntó Thompson.

—Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...

—¿Y usted qué va a hacer?

—Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.