El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote.

El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en una punta rocosa.

Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas.

Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo blanca y lo seca.

—¡Qué extraña mole!—exclamó Thompson—. El otro día la miraba desde lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.

—Si parece un azucarillo—dijo el Capitán, poco dispuesto a maravillarse.

Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.

El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.

A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de muralla agujereada y rota.

—¿Quién conoce bien estos sitios?—preguntó el Capitán a Thompson.