Efectivamente, por encima de un grupo de árboles se destacaba el campanario de la iglesia en medio de la bruma.
—El pueblo creo que está desparramado por el valle—indicó el muchacho moreno;—voy a preguntar en una de estas casas por la posada.
—Yo voy contigo—dijo el joven rubio y bajó del caballo.
El moreno hizo lo mismo, y los dos llevando los caballos de las riendas pasaron un portillo y se acercaron a una casa que se veía a unos doscientos pasos de la carretera.
El muchacho moreno dió las riendas a su compañero y entró en el caserío. Un campesino viejo y flaco que fumaba una pipa de barro se le acercó.
—¿Esto es Ustariz?—le preguntó en vascuence el muchacho moreno.
—Sí, señor.
—¿Está lejos una casa que se llama Chimista?
—Sí, bastante lejos.
—¿Y la posada está también lejos?