Los tres jinetes eran españoles. Tomaron poco después de salir de Bayona por la carretera que corre al lado del río Nive y fueron charlando.
El tiempo estaba hermoso, la tarde tranquila y apacible; las hojas iban amarilleando en los árboles de ambos lados del camino y el follaje de los robledales en la falda de los montes comenzaba a enrojecer.
Había nubarrones en el cielo en la dirección de la costa.
Al pasar los jinetes por delante de Villefranque les sorprendió una turbonada; las nubes comenzaron a invadir rápidamente el cielo y lo encapotaron en poco tiempo; unos minutos después gruesas gotas redondas como monedas cayeron en la carretera.
El chaparrón fué arreciando y los jinetes tuvieron que picar la espuela a sus caballos, cosa un tanto comprometida para el joven moreno de los ojos brillantes, a quien se vió inclinarse a derecha e izquierda como un saco mal atado, a los movimientos del trote brusco de su yegua.
Llegaron los viajeros en el instante en que más arreciaba la lluvia a las proximidades de Ustariz, y se detuvieron enfrente de una gran cruz pintada de rojo con los instrumentos de suplicio.
—¿Qué hacemos?—preguntó el viejo.—¿Estamos ya en el pueblo?
—Ahí se ve la iglesia—advirtió el joven rubio.