—¡Oh, Bucólicas de Teócrito! ¡Geórgicas de Virgilio! ¡pastorales de Longus! ¡Bergeries de Racan!—exclamó Miguel—. Alicia, al mirarte me figuro a María Antonieta en el Petit Trianon. El mejor día querrán cortarnos a nosotros la cabeza, y lo más triste es que tendrán razón.
—¡Qué tonterías!—dijo madama de Aristy haciendo un gesto de impaciencia.—Parece mentira que mi hijo diga estas tonterías.
—Y eso que tiene tanto talento—exclamó Fernanda.
—¡Gracias, hija mía!—exclamó Miguel.
—El talento de Miguel es como los fantasmas, no se presenta más que a los que los temen—dijo Alicia.
—Alicia se nos va a convertir en la señorita La Rochefoucault.
Alicia hizo un gesto de desdén. Bebieron leche Lacy y Fernanda Luxe. Miguel dijo que prefería fumar una pipa. Efectivamente, la encendió; de pronto, señalando el torreón de Gastizar, dijo:
—Nuestra veleta está terrible estos días; se agita con nerviosidad. ¿Sabe usted, Lacy que tenemos una veleta misteriosa?
—Sí; ya he oído hablar de ella.
—¿Ha llegado su fama hasta España?