—Si escampa seguiremos la marcha—advirtió el viejo.

—Ya me parece que no escampa—replicó el joven rubio.

—Entonces lo dejaremos para mañana.

—Y yo mandaré hacer la cena—dijo el posadero.

—Bueno.

Los viajeros se sentaron a la mesa y esperaron a que el posadero viniera con unos vasos y dos botellas. Era el posadero hombre de treinta a cuarenta años, corpulento, de cara redonda y expresión tranquila y burlona. Vestía grandes botas con polainas, pantalones anchos de pana azul, faja encarnada, blusa negra adornada con bordados y boina muy grande.

Estando sirviendo la sidra le llamó la muchacha y el posadero salió de prisa del cuarto.

Poco después se oyó que hablaba con unas señoras.

Los dos españoles jóvenes salieron, movidos por la curiosidad, a la puerta de la sala y vieron en el pasillo a una señora ya de edad, con el pelo blanco, y a otra de unos treinta años, las dos muy elegantes. A juzgar por sus palabras habían entrado en la posada huyendo de la lluvia, y el posadero iba a mandar inmediatamente a la criada a casa de estas damas por dos paraguas. Las señoras fueron a descansar al comedor, que estaba en el extremo opuesto del pasillo adonde daba la sala en que se encontraban los españoles.

La muchacha volvió pronto con los paraguas y las señoras se dispusieron a salir.