—Caballero—replicó la dama con aire altivo—usted dirá lo que le trae por aquí.
—Voy en seguida.
La condesa de Vejer era una mujer alta, pintada, voluminosa, de ojos grandes y sombreados. Vestía de negro, con cierto aire de dama de teatro, llevaba los dedos llenos de sortijas y el pelo empolvado de blanco.
—Es un poco largo lo que tengo que decir—dijo Choribide.
—Está bien. Le escucho a usted.
—Usted me perdonará que me siente—y Choribide levantó los faldones de la casaca y se sentó en un sillón que tenía los brazos terminados en dos cabezas de pato doradas.
La condesa se sentó en un canapé.
—Señora—dijo Choribide con el sombrero de copa en las rodillas—lo que tengo que decirle a usted es bastante reservado y no quisiera que nos interrumpieran.
—Cuántos preámbulos, caballero—exclamó la dama impacientada.