—Son necesarios, indispensables. Yo soy un hombre que no me ha gustado nunca mortificar a nadie. Mi viejo amigo Garat suele decir de mí: Quizás se pueda acusar a Choribide de tener una moral oscura y todavía inédita, pero nadie podrá dudar de su sensibilidad. Pues bien, señora condesa, para facilitar mis explicaciones le contaré a grandes rasgos mi vida.

—¿Es necesario, caballero?

—Es necesario hasta cierto punto. Yo, señora, de joven he sido una bala perdida. No he sido de esos hombres fríos, de esos moluscos sin sangre y sin nervios que pueden vivir en un rincón. Yo necesitaba dinero, necesitaba mujeres, un poco de lujo y de comodidad, y tomaba todo esto de donde podía; comprenderá usted que no con los procedimientos de los caballeros de la Tabla Redonda sino con los procedimientos de otros caballeros. Así que he sido jugador de ventaja, he estado asociado con gentes que hacían asignados falsos y he sido de la policía. Es lo más sucio que he sido en toda mi carrera. ¿Comprende usted señora condesa de Vejer por qué tiene algún interés que cuente mi vida?

—No, no lo comprendo—dijo con inquietud madama Carolina.

Choribide hizo un gesto de resignación irónico, dejó el sombrero y el bastón en un velador y cruzó una pierna sobre otra con abandono.

—Ya que no lo comprende usted fácilmente, voy a contarle la historia de una tal Carolina y de una tal Simona según aparecen en los registros de la policía.

—¿Y usted pretende?...

—Yo no pretendo nada. Es la policía que pretende que la tal Carolina se hace pasar en Ustariz por la condesa de Vejer. Ahora señora—y Choribide se levantó con aire de joven y tomó su sombrero y su bastón—le voy a plantear la siguiente disyuntiva: ¿Conoce usted a la tal Carolina? Espere usted. No me conteste usted todavía. Si me dice usted: Sí la conozco, habrá entre nosotros paz y será usted para mí la condesa de Vejer. Si me dice usted no, habrá entre nosotros guerra y yo me retiraré al momento.

La Carolina azorada por completo vaciló en decidirse.