—¿La conoce usted sí o no?—preguntó de nuevo Choribide con un acento sarcástico y duro.

—Sí la conozco—murmuró ella humildemente.

—Está bien, señora condesa. Tiene usted desde ahora en mí un servidor incondicional, un asociado. Conozco el país mejor que ustedes. Sé al dedillo la historia de las gentes. Mis conocimientos los pongo a la disposición de usted.

—¿Y qué pretende usted en cambio?

—Yo soy como he tenido el honor de decirle antes, señora condesa, un hombre de vida borrascosa. Al llegar aquí me casé con una mujer de algún capital. Dicen que había sido la querida de su tío el vicario. No sé, es cosa que no me preocupa. Mi mujer tiene un sobrino, el teniente Rontignon que es ex oficial de la Guardia Real. Rontignon es un hombre sin energía, un hombre de café, tonto y tímido a pesar de su jactancia; a mí en su estado actual me estorba y he pensado en casarlo con madama Luxe.

—Madama Luxe es una mujer riquísima—observó Carolina.

—Sí, es verdad. Mi sobrino no es rico, pero es joven, guapo, y lleva uniforme. Yo he pensado que usted que tiene buenas relaciones con el Gobierno español, podría conseguir para mi sobrino a cambio de los servicios que yo le prestaré, una condecoración, una gran cruz que en un realista como él vendrá muy bien.

—Sí, sí, se conseguirá. Escribiré a mi amigo el señor de Calomarde y no tendrá inconveniente en otorgarle una gran cruz. ¿Y a usted, Choribide, no le gustaría tener una condecoración?

—No, a mí no—dijo Choribide con una claridad irónica en sus ojillos grises—parecería lógico que yo que he sido un pillo sintiera la necesidad de tener algún prestigio social, pero no; soy un pillo filósofo.

—¡Qué bromista!