—He oído hablar mucho de él.
—Mi padre estaba reñido con mi madre. Yo he sido educado en colegios, siempre separado de la familia.
—¡Qué pena!
—Sí, mi infancia ha sido bastante triste. Mi juventud tampoco es muy alegre. Estoy enfermo.
—Curará usted.
—No sé; ya veremos.
—Buenos señores—dijo Malpica acercándose al cenador.—Puesto que tenemos que hablar de asuntos reservados vamos a mi cuarto.
Campillo y Lacy se dispusieron a marcharse de la huerta y se despidieron del señor de la boina.
—Adiós, señor de Lacy—dijo la hija de Malpica dando la mano al joven—y no arrastren ustedes a mi padre a ninguna empresa peligrosa.