Abandonaron los dos españoles la huerta y por la cuadra pasaron al zaguán en donde vieron a Ochoa que hablaba en vascuence con unas muchachas que al oirle se reían a carcajadas.
Ochoa se unió con sus amigos y los tres subieron por una escalera al rellano del primer piso. Malpica, que les esperaba, les condujo a un cuartito pequeño empapelado, adornado con unas estampas de generales y de guerrilleros de la Independencia puestos en marcos en las paredes, una mesa, un estante con una docena de libros y dos sillones.
—Aquí que nadie nos oye—dijo Malpica dirigiéndose a Campillo.—Puedes hablar a tus anchas.
Campillo que no era hombre de buenas explicaderas comenzó a embarullarse y a perderse en comentarios y en detalles de tal modo, que dijo dirigiéndose al joven Lacy:
—Hable usted, porque yo no sé explicarme rápidamente.
Eusebio Lacy tomó la palabra.
—Ya le ha indicado el coronel Campillo—dijo—que los liberales españoles han pensado hacer un intento serio para establecer la Constitución en España. Supongo que estará usted enterado de la marcha en general de este asunto.
—No, no lo estoy. Vivo aquí apartado y sin enterarme de nada.
—Entonces haré un resumen de lo que ocurre. Después de la Revolución de Julio de París, todos los caudillos españoles liberales se han reunido para hacer un intento en la frontera. El gobierno francés favorece la empresa y el mismo Luis Felipe ha dado dinero para ella. Entre los jefes están Mina, Gurrea, Chapalangarra, Méndez Vigo, Jáuregui, López Baños, San Miguel, Milans del Bosch, Valdés... En fin, todos.
—Los conozco—dijo Malpica.—A unos personalmente, a otros de nombre.