—Por desgracia—añadió Lacy—hay diferencias entre los nuestros y se han formado varios bandos capitaneados por Mina, Valdés, Chapalangarra, Méndez Vigo y Gurrea.

—¡Mal negocio!

—Sí, es defecto de nosotros los españoles, pero en fin, yo creo que las diferencias se borrarán con el éxito.

—Es de esperar.

—Pues bien, en esto nuestro amigo el coronel Campillo que es uno de los jefes de la fuerza constitucional, supo por conducto de algunos agentes liberales que su compañero don Valentín Malpica vivía ignorado en Ustariz. El coronel Campillo puso la noticia en conocimiento de la Junta y la Junta comprendiendo la importancia que tendría su valioso concurso nos designó a nosotros tres para visitarle a usted y para proponerle tomar parte en la expedición militar que vamos a hacer sobre la frontera española. Este es nuestro objeto al visitarle.

—Le he oído a usted atentamente, señor de Lacy—contestó Malpica—me honra mucho que se hayan acordado de mí y estoy dispuesto a dar mi vida por la libertad y por la patria. No tengo más que decir con relación a este punto; estaré allí donde me manden: en el sitio del peligro.

—Lo esperábamos de usted—dijo Lacy.

—Gracias. Ahora sí, tengo que advertir que soy el coronel más viejo de mi cuerpo y que no aceptaría un destino subalterno.

—Ni nosotros hemos pensado en tal cosa—repuso Lacy.