En la sala de Gastizar había en aquel momento varias personas; alrededor del velador del centro estaban tres señoras, madama de Aristy, su prima la vieja señorita de Belsunce y madama de Luxe viuda de un coronel del Imperio.
Madama Aristy era una señora alta, de nariz corva y ojos claros, el pelo blanco. Madama de Aristy hacía media y tenía entre ella y el fuego un pequeño biombo porque no le gustaba el calor de la lumbre.
A su lado leía un número de La Moda, la vieja señorita de Belsunce. La señorita de Belsunce estaba empeñada en parecer joven a fuerza de afeites y su sistema pictórico daba a su rostro un aspecto lamentable.
Su única discreción era buscar los sitios que estuvieran a la sombra o en la penumbra donde no se le pudiese ver a la luz plena.
A pesar de su manía de pintarse y de pintarse mal que parecía denotar cierta falta de sentido, en otras cuestiones la señorita de Belsunce discurría con una gran claridad.
Esta vieja señorita era romántica, no del romanticismo entronizado por los escritores y poetas del año 1830 sino del anterior. Tenía una traducción de Ossian que leía con tanto entusiasmo como Napoleón, tocaba el arpa y libaba el monarquismo y la melancolía en las obras llenas de catacumbas y de pompas fúnebres del Vizconde de Chateaubriand.
La otra señora que estaba en el salón, madama Luxe, viuda de un coronel del Imperio, era una mujer rubia, corpulenta, de unos treinta y cinco a cuarenta años, de ojos claros, vestida de una manera vistosa.
Madama Luxe había sido poco feliz en su matrimonio y como todavía se consideraba joven esperaba casarse en segundas nupcias. Algunos pensaban que no le hubiera disgustado Miguel Aristy como marido.
Al lado del piano había dos muchachas y un joven.
De ellas, la mayor era Alicia de Belsunce, la otra Fernanda Luxe. Alicia tendría unos diez y ocho años, el pelo rubio y unos colores de manzana. Fernanda era pálida, morena y melancólica y estaba todavía de corto.