Alicia, en aquel momento sentada al piano tocaba y cantaba mientras un joven, Luis Larralde-Mauleón, pasaba las hojas de la partitura del "Barbero de Sevilla".
Al lado del fuego, dentro de la campana de la chimenea se encontraban Miguel de Aristy, el hijo mayor de la casa, hundido en una butaca, el caballero de Larresore, anciano muy estirado y peripuesto, y el ex intendente Darracq, pariente del marido de madama Aristy.
Miguel y Larresore hablaban en aquel momento de don Valentín Malpica, Darracq escuchaba y arreglaba a cada paso el fuego con las tenazas.
—Es un hombre tosco, sin formas corteses—decía Larresore—la primera vez que me vió me dijo: nosotros los viejos...
—Ja... ja...—rió Miguel—la verdad es que no podrán ustedes hacer buenas migas los dos.
El señor Darracq rió también aunque silenciosamente.
—Otro día—siguió diciendo Larresore—le vi llevando un haz de leña al hombro. Coronel, le dije: ¡Por Dios! ya le enviaremos a usted un mozo para que le acarree la leña.
—¿Y qué le contestó a usted?
—Me dijo que el soldado debe bastarse a sí mismo.
—Sí, es una de sus grandes razones. Don Valentín es un buen hombre sencillo y honrado. Es el militar sin cultura. Como fanático que es, ha exagerado los beneficios de la disciplina y cree que el hombre debe ser una máquina que marche al paso. Para don Valentín las dos normas superiores de la vida son la disciplina y el honor. La disciplina tiene sus ordenanzas militares, respecto al honor él supone que sus leyes son tan exactas como las de la gravedad. Yo no creo en nada de esto, pero reconozco que es un excelente corazón franco y noble.