—Cierto, cierto—repuso Larresore—pero es de una insociabilidad horrible. Estando en su compañía yo no puedo encontrar un motivo de conversación. Le pregunté una vez por su familia y sus antepasados y me dijo que él no había conocido más que a su padre, y añadió que había encontrado en su casa un árbol genealógico en pergamino pero que lo había echado al fuego porque el soldado no debe de pensar en estas tonterías; para él todo lo que es lujoso es inútil. ¡Qué espíritu más lamentable!
—Sí, hay esa misma idea en todos estos militares españoles que andan por aquí. Son gentes sencillas.
—Es falta de civilización—exclamó Larresore—poca sensibilidad. ¿Y estos tres españoles que han estado a ver al coronel Malpica, quiénes son? ¿Algunos revolucionarios?
—Sí.
—¿Y a qué han venido? ¿Quizás a proponerle que se una a ellos?
—Sí.
—¿Y él habrá aceptado?
—Seguramente.
—¿Es tan liberal?