—¡Bah, bah!, no me engaña usted, siempre están ustedes hablando.
—Tienes razón, hija mía—saltó madama de Aristy con enfado—yo no sé de qué hablan. Esta noche pasada—y se dirigió a madama Luxe—han estado hasta las dos dale que dale hablando. ¡No se cansarán! pensaba yo.
—Los hombres...—comenzó a decir madama Luxe, pero sin duda no se le ocurrió nada y se calló.
—Es que tienes un hijo muy inteligente, prima mía—repuso Larresore—y a mí me gusta oir sus opiniones.
—Miguel es inteligente para todo menos para mi música—saltó Alicia.—Ayer que no estaba el señor de Larresore para hablar con él se sentó en la butaca y se quedó dormido.
—No, no; estaba soñando.
—Ya, ya. Bueno, ¿y de qué estaban ustedes hablando?—dijo Alicia tomando una silla pequeña y sentándose con los piececitos al fuego.
—Estábamos hablando de estos españoles que han venido al pueblo a visitar al suegro de mi hermano León—dijo Miguel.
—Los he visto—agregó Alicia—uno de ellos un joven moreno con un aire muy enérgico. Muy buen tipo.
—A mí me ha parecido mejor el rubio—saltó Fernanda.