Cargaron las pistolas y jugaron a cara y cruz la pistola que correspondería a cada uno y quién daría la voz de mando. Le tocó a Lanuza. Se colocaron en sus puestos, en los dos extremos de la isla al borde del río. En este momento Malpica gritó:

—¡Lanuza!

—¿Qué?

—Confieso que no tengo razón.

Lanuza contestó con una carcajada irónica.

—¿Eres cobarde también? No lo creía.

—No, no soy cobarde, pero comprendo que te he ofendido sin razón. Te daré las explicaciones que quieras.

—No hay explicaciones que valgan. ¡Prepárate! Sino disparo.

—¿Qué más pretendes de mí?—gritó Malpica. ¿No te confieso que no tengo razón?

—No me basta. Quiero tu sangre. Quiero verte ahí muerto.