—¿De verdad?

—Sí. Los pelos largos le irritan. El soldado no necesita esos tufos, suele decir. No hay manera de convencerle de que un escritor o un artista no tiene la aspiración de ser soldado. Muchas veces a mi cuñada, su hija, le dice despóticamente: El soldado debe levantarse más temprano. Pero yo no soy soldado, papá, le contesta ella con gracia. No importa, replica él. En la vida todo es como el ejército.

—¡Qué vulgaridad! ¡Qué horror!—exclamaba el caballero de Larresore.—El soldadismo se ha metido por todas partes. ¡Esa Revolución! ¡Esa Revolución! ¡Qué pena! Destruir tan bellas cosas para dejar el mundo convertido en un cuartel.


VII.
RETRATOS DE FAMILIA

La familia de Aristy estaba formada en Ustariz por la madre y sus dos hijos Miguel y León. Madama Aristy tenía también una hija casada con un rico propietario de Bayona.

El marido de madama Aristy no había sido conocido en Ustariz ni vivido en Gastizar. Se decía de él que era un gascón que en tiempo del Terror tomó parte en las jornadas revolucionarias, y que después, deportado a Cayena, desapareció.

Madama Aristy era una señora de más de sesenta años, mujer enérgica, autoritaria y despótica; creía que todo el mundo tenía que pensar como ella, y no aceptaba otras opiniones. En su casa mandaba como un coronel.

Madama de Aristy era la severidad más completa; pensaba que todo lo que hacía lo hacía bien y que discurría con una cordura sin ejemplo.