Se creía el prototipo del buen sentido; pensaba que cuando a ella se le había ocurrido una cosa, el mundo entero debía aceptarla casi como un descubrimiento científico.

A veces levantaba la voz cuando se discutía algo, como diciendo: No admito la posibilidad de que nadie me contradiga.

Madama de Aristy estaba muy en desacuerdo en ideas con su hijo. Ella era aristócrata, él un demagogo.

A pesar de esto, la señora de Aristy trataba a Miguel de potencia a potencia, porque éste era el que dirigía en Gastizar las siembras, las podas, las demás labores campestres, y ella creía que en tales asuntos entendía mucho.

Miguel era un caballero de cuarenta años, solterón, escéptico, que estaba dispuesto a vivir oscuramente en Ustariz cultivando sus tierras sin ambiciones ni cuidados. Su madre le había querido casar con la señorita Angelina Girodot, la hija de un notario de Bayona, una señorita de alguna edad, rica y poco agraciada; pero Miguel dijo:

—No, no; prefiero no casarme. Estoy tan convencido de mis imperfecciones, que no me decido a buscar una compañera.

Algunos aseguraban que estaba enamorado de Alicia Belsunce, su prima, que podía ser hija suya; pero si lo estaba no se le notaba gran cosa.

Miguel era una buena persona; inteligente, amable, muy comprensivo; había pasado los cuarenta años y llegado a un período en que, por escepticismo no quería colocarse en ninguna cuestión en primera fila.

—Antes me dolía un poco no ser nada—solía decir.—Ahora, no. Me siento hermano de la glicina de Gastizar, me he enredado aquí, en estas piedras viejas, y aquí estoy viviendo como una col.

Aquella vida del campo, inmóvil, sin estímulo para la ambición que a muchos embrutece, a él le había convertido en un filósofo.