Miguel se consolaba leyendo y tocando el violonchelo. Se recordaba que una vez una señora de Bayona, que había venido a Gastizar con su hija con un plan matrimonial, al ver a Miguel poco admirado ante las gracias de la niña y más bien distraído y aburrido, había dicho a madama de Aristy en un momento de mal humor: Señora, su hijo de usted es un idiota. Este recuerdo regocijaba a Miguel y le hacía reir con malicia.

Miguel reconocía ingenuamente sus defectos; pero con la misma ingenuidad aseguraba que no tenía el menor deseo de corregirlos.

El caballero de Larresore reprochaba a Miguel lo poco que se cuidaba de la sociedad.

—Te abandonas, Miguel—le decía;—estás hecho un rústico.

—¡Pse! ¿Para qué preocuparse de la sociedad?—exclamaba él;—con la gente casi siempre sale uno perdiendo. Si a fuerza de molestias y preocupaciones llega uno a saber una cosa y la comunica a los demás, le contestan con un lugar común.

—La sociedad no puede estar regida por un libro de cuentas—decía Larresore, que era un hombre que nunca había dado nada a nadie.

—Sí, es cierto—contestaba Miguel sonriendo, porque tenía la idea de que su tío era uno de los hombres más egoistas del mundo;—pero no es cosa de perder siempre.

El segundo hijo de madama Aristy, León, estaba casado con Dolores, la hija de Malpica. León era pintor y se hallaba por entonces en París.

Su matrimonio, su profesión y su estancia en París se había llevado a cabo en contra de la voluntad de su madre.