Al ir a vivir a Bayona la mujer de Malpica y su hija, ésta en aquella época una muchachita de catorce a quince años, había impulsado al coronel su padre a que se instalase cerca de ella, y Malpica fué a parar a la casa de un guardabosque de Ustariz conocido por el tío Juan, viejo revolucionario recomendado por Garat y que vivía allí olvidado.
Dolores iba siempre que podía a visitar a su padre. La mujer del coronel Malpica sabía que su marido estaba oculto en Ustariz y que su hija le veía con frecuencia.
En uno de estos viajes Dolores conoció a León de Aristy, joven pintor, que se había hecho amigo de Malpica en sus excursiones de paisajista.
León habló varias veces a Dolores, y a poco de conocerla la hizo una fogosa declaración de amor.
Dolores era una mujer afectuosa, tierna, muy religiosa y de no mucha energía, que tenía siempre las lágrimas a punto.
León, muy romántico en sus ideas era de un egoismo perfecto; no pensaba más que en sí mismo y se preocupaba poco de la conveniencia de los demás.
León riñó con su madre para casarse con Dolores; fueron los casados a vivir a Chimista, y al año Dolores tuvo un niño.
El coronel Malpica al ver a su nietecillo se sintió emocionado y se trasladó también a Chimista. El trabajaría en la huerta para no ser gravoso a nadie, dijo.
El matrimonio hubiera podido ser feliz; pero pronto León se cansó del sosiego de la casita campestre y de los paisajes de los contornos, y decidió ir a pasar temporadas a París. Todos los años hacía un viaje a la capital, cada vez más largo, y volvía huraño y fosco lamentándose de que no se le considerase, creyéndose siempre postergado por las intrigas de los demás artistas.