Hubiera derribado el chalet de las hiedras, pero su hijo León lo quería para estudio y lo respetó.

Durante todo el año madama Aristy y su hijo mayor vivían en Ustariz. Algunas veces solían ir a Bayona, y el rigor del verano pasaban algunos días en Biarritz. Tenían un landó para sus viajes y Miguel solía usar un tilburí que él mismo dirigía.

Madama de Aristy era de estas personas que trabajan y hacen trabajar a los demás sin descanso.

Tenía a sus órdenes dos criadas, un muchacho y un hortelano.

Además de las dos criadas había un ama de llaves, algo pariente de madama Aristy, que era una solterona fea, desgarbada y torpe. Se llamaba Benedicta. La Benedicta siempre estaba distraída y hacía las cosas mal, pero si la reñían las hacía peor.

—Dejadle—decía Miguel,—no la riñáis.

Madama de Aristy no podía dejar el placer de refunfuñar y de echar largos discursos agrios a Benedicta. Las señoritas de Belsunce solían ir acompañadas de una doncella.

Un elemento importante de Gastizar era el criado y hortelano Ichteben, un tipo curioso; Ichteben tenía muchas ocupaciones, pero ninguna cumplía bien; poseía una nariz como un pico, roja, una expresión suspicaz; llevaba pantalones azules, blusa negra y un chaleco de Bayona en invierno como en verano.

Ichteben hacía lo que le encargaban bastante mal y además era un poco borracho, pero tenía una fidelidad a Gastizar a toda prueba.

Madama de Aristy decía muchas veces que lo iba a despachar, pero esto parecía tan difícil como cambiar el orden de los planetas.