Alicia adulaba un tanto a su tía madama Aristy, y esta señora consideraba mucho a su sobrina. Estaban siempre de acuerdo. Se creían las dos de distinta pasta que los demás y que lo hacían todo bien. Se consideraban casi siempre en el fiel de la balanza.
Alicia tenía un poco de desdén por su primo Miguel, a quien suponía que ella agradaba y que, sin embargo, no le hacía la menor indicación en este sentido considerándose sin duda como viejo.
Alicia vivía el invierno en Pau y hablaba el patois, cosa cómica para un vasco.
—No comprendo cómo se habla el patois—decía Miguel a su prima.
—¿Por qué no?
—Es como tener dos trajes para la ciudad. Nosotros los vascos no, tenemos el traje de pastor, de la aldea: el vascuence, y el de la ciudad, el francés.
—Nosotros no tenemos nada de pastores—replicaba ella;—somos más civilizados.
—Un idioma latino. ¡Pse! ¡Qué cosa más ridícula!—exclama Miguel.
—Ustedes han resuelto que hay una superioridad de los vascos sobre los bearneses y los gascones, y ya basta.