Larresore era soltero, de más de sesenta años, muy atildado y elegante; tenía las mejillas sonrosadas, las melenas largas y bien peinadas, las patillas cortas. Vestía a la inglesa. Su traje ordinario era casaca de color pardo claro, chaleco blanco bordado, pantalón corto de piel de seda y polainas negras.
En el chaleco llevaba dos cadenas de reloj con algunos dijes.
Larresore vivía en invierno en Bayona, y cuando llegaba el buen tiempo iba a pasar temporadas a las casas de sus parientes y amigos.
Larresore era muy egoista, con una gran perfección maquiavélica en su egoismo. Preparaba las cosas que le convenían muy de antemano con todo detalle y daba mil rodeos para conseguir lo que se proponía.
Larresore había estado en Inglaterra durante la Revolución.
La Revolución vino a cogerle en un momento en que pensaba hacer un buen matrimonio y un buen negocio. Al caballero le quedó siempre el odio por este movimiento inoportuno que vino a estropear su porvenir.
Larresore se pintaba así mismo como un realista arruinado por la Revolución, cosa que a juzgar por los que le conocían no era cierta, porque, según éstos, el caballero nunca había tenido fortuna.
Larresore cultivaba su personalidad de realista; hacía valer sus amistades y escribía cartas a los hombres ilustres del partido, y si le contestaban exhibía sus respuestas por todo el pueblo.
Larresore en Inglaterra se había aficionado a las costumbres inglesas, al té y a los vinos de España.
En Londres conoció al vizconde de Chateaubriand, a quien consideró como un fatuo hasta que vió que se hacía célebre, y entonces hablaba constantemente del vizconde como de un amigo íntimo a quien había adivinado.