El caballero de Larresore encontraba la sociedad del siglo XIX egoista y desprovista en absoluto de sensibilidad.

Es necesario tener el espíritu saturado de egoismo para reconocerlo al momento en los demás y en sus más pequeñas partículas. Larresore lo reconocía en seguida, lo olfateaba.

El tenía la costumbre de decir cuatro o cinco frases de cajón cuando ocurría una desgracia; creía a la gente dura y seca de espíritu sin efusiones ni poesías.

Ya no se sabía ser galante con las damas; no se amaba el campo. El caballero de Larresore no había sido muy platónico, ni era capaz de mirar un paisaje un momento.

Larresore se lamentaba de las transformaciones de la época. Contaba su vida de cuando había ido a París antes de la Revolución recomendado a Garat.

—¡Qué sociedad aquella!—exclamaba.—Alegre, social, cortés. Como ha dicho mi ilustre amigo monsieur de Talleyrand, el que no ha vivido antes de la Revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir.

Y contaba anécdotas de su tiempo parecidas a las de todos los tiempos, y recitaba los madrigales enviados por él a las cómicas, que firmaba con notas musicales La... re... sol... re.

El caballero creía que estos rasgos de ingenio no podían volver a darse.

Larresore hablaba de Garat el menor, su amigo, con mucha lástima, por haber tenido que convivir con los tigres de la Revolución.

—Hoy, el hombre en Francia—decía el caballero—está descontento de sí mismo y de la sociedad. He aquí a mis dos sobrinos León y Miguel. León quiere ser pintor, pero no se contenta con ser un pintor como hubiera sido un gentil hombre de mi tiempo, pintor para mostrar sus cuadros entre sus amigos, no; quiere ser un gran pintor, y que hablen de él los periódicos. El papel impreso... ¡Qué cosa más lamentable! Respecto a Miguel, está perdiendo en absoluto sus condiciones físicas de caballero; se ha dejado la barba, se corta el pelo al rape.