—Es más cómodo, tío. Va uno siendo viejo.

—¡Viejo a los cuarenta años! En mi tiempo no había viejos.

—¿Habían encontrado ustedes la fuente de Juvencio?

—No; es que nadie se retiraba voluntariamente. Se vivía para la sociedad. Entonces había verdadera fraternidad.

—Sí, entre ustedes; pero no entre ustedes y la gente pobre.

—¿Y ahora la hay de esa?

—No, es verdad; ahora tampoco la hay.

—Entonces reinaban las mujeres. El hombre estaba educado por ellas. Se sabía ser amable, galante. La Revolución ha acabado con todo esto.

Madama de Aristy y las dos señoritas de Belsunce cuando le oían daban la razón a Larresore; el ex intendente Darracq movía la cabeza como indicando que habría que pesar el pro y el contra de la cuestión, y Miguel se reía.