Su riqueza trascendía a especulaciones recientes. Darralde, el viejo, había comenzado a enriquecerse en tiempo de la Revolución. Guardaba en su casa muebles, tapices y alfombras que había comprado por casi nada en Dax, Auch y Bayona a los agentes de Barere, Cavaignac y Dartigoite.

Darralde, después de negociar durante el Imperio por toda Francia, había formado parte de una sociedad que compraba las grandes propiedades de los castillos antiguos para venderlas en parcelas y derribar las ruinas.

Esta banda negra, como la llamaban los arqueólogos, los artistas y los poetas, había operado en el mediodía a la par que otras hacían sus negocios en el centro y en el norte.

Uno de los Darraldes había casado con una señorita de la familia de Mauleón, lo que le había hecho subir en categoría social.

Otro punto de cita menos distinguido que las casas de los Aristy y de los Darralde era el Bazar de París, tienda que tenían dos hermanas, las señoritas de La Bastide con su abuela. Estas dos hermanas, Delfina y Martina, daban mucho que hablar al pueblo por sus amores.

—Las señoritas de La Bastide no llevan una vida honorable—decía madama de Aristy de una manera dogmática.

La abuela, por lo que aseguraban algunos viejos había sido igual. Después de dar varios escándalos en el pueblo, marchó a Bayona y luego a Auch en la época del Terror, donde fué una de las favoritas de Dartigoite, este dictador que predicaba la inmoralidad por las calles y terminaba sus discursos poniéndose desnudo ante el público. Se aseguraba que se le había visto a la abuela del Bazar de París, en su juventud, vestida de Diosa Razón, y algunos la llamaban así en broma.

La Diosa Razón del Bazar de París tenía una cara del siglo XVIII, una cara de enciclopedista, la frente despejada, la nariz respingona y corta que sostenía unas antiparras, los ojos claros. Un señor del pueblo afirmaba que la hubiera tomado por el mismo Diderot.

Las dos señoritas del Bazar, Martina y Delfina eran unas mujeres guapas. La mayor, Martina, era alta, de ojos negros hermosos, de aire arrogante y un poco desdeñoso. La pequeña era morena, pálida, de una palidez mate con los ojos lánguidos y tristes, y muchos lunares y muchos rizos.