Martina, por lo que se decía, tenía como amante al ingeniero de montes; la Delfina, que siempre caía más bajo, estaba enredada con un perdido que trabajaba en un molino a quien llamaban Marcos el gascón, pero no le guardaba fidelidad ninguna y tenía citas con algunos muchachos que entraban de noche en su casa por la huerta.

Estas dos muchachas, Martina y Delfina, atendían la tienda y llevaban las cuentas; la una siempre altiva y orgullosa, la otra como una pálida flor de lujuria viviendo en una somnolencia erótica.

Antigua rival de la Diosa Razón era una vieja a quien llamaban la Estéfana y que tenía otra tiendecita. La Estéfana era una vieja sonrosada y sin dientes, con los ojos claros y vivos, que murmuraba de todo el mundo. Solía estar detrás del mostrador, envuelta en un chal y ganaba explotando la afición de las viejas borrachas del pueblo al aguardiente, pues a cambio de la copita les tomaba huevos y maíz a muy bajo precio.

La Estéfana salía poco de casa y cuando salía se ponía un traje negro muy elegante, de tafetán, que por la humedad olía como las telas de los paraguas.

En casa de la Estéfana jugaban a las cartas tres o cuatro viejas y reñían y se insultaban cuando perdían algunos suses.

Tras de la reunión del Bazar de París y de la tienda de la Estéfana venían ya las tabernas y reuniones de la gente campesina.

Había un señor que frecuentaba todas las tertulias del pueblo las altas y las bajas. Este señor era monsieur Choribide a quien llamaban en Ustariz el Muscadin.

Choribide era un viejecito flaco, canoso, con unos ojillos claros, una cara afilada, alegre y burlona. Choribide había vivido durante mucho tiempo entre la canalla de París; tenía el acento del pueblo bajo parisiense cuando hablaba francés, y cuando hablaba vascuence parecía un campesino vasco.

Ya el uso de un idioma u otro le daba una personalidad distinta. Si hablaba el francés era el hombre de la gran ciudad depravado y corrompido, en cambio si se expresaba en vasco era el campesino de una malicia inocente.

Choribide, viejo currutaco, vestía como en su juventud. Llevaba casaca oscura, medias de seda blancas, grandes botas, pantalón de paño de color de canela, chaleco a lo Robespierre y corbata de muchas vueltas. Usaba en los días de gala peluca que tiraba a roja, sombrero de copa y varios dijes en el chaleco.