Otro medio loco que aparecía en el pueblo con frecuencia era el hermano Ventura.

El hermano Ventura era un viejo místico recogido por los jesuítas de Bayona, que le pasaban una pequeña pensión. El hermano Ventura era chiquito, vivo, de más de setenta años. Tenía un ojo con una nube, la boca torcida, las barbas blancas, el cráneo calvo y la frente deprimida. Vestía un gaban largo y un sombrero de copa. Después de las jornadas de Julio el hermano Ventura se presentaba más derrotado que en los años anteriores.

El hermano Ventura echaba largos discursos llenos de fuego, cuando pronunciaba la palabra Dios se quitaba el sombrero y a veces se arrodillaba.

En sus discursos hablaba de los castigos del infierno con tal ardor que asustaba a las mujeres y les quitaba el dinero para misas.

Algunos decían que el hermano Ventura era sólo un pillastre, pero había en él mucho de perturbado.

Otro de los tipos del pueblo era Cucú el rojo, o Cucú gorro rojo como le llamaban los chicos.

Cucú el rojo era un soldado de la República, gascón de nacimiento que había ido a parar de viejo a un asilo de Ustariz.

Cucú había tomado en los años que llevaba recogido, las costumbres y las frases de las monjas que cuidaban a los asilados, pero en ciertos días que le dejaban libre y bebía de más, sacaba un gorro frigio sucio y lleno de agujeros y comenzaba a perorar en las tabernas.

—Ciudadanos—gritaba con la cara inyectada.—La patria está en peligro. Los aristócratas de Coblentza nos amenazan. Los espías de Pitt y de Coburgo nos acechan. ¡A las armas! ¡A las armas!—y cogía el bastón y se ponía como un soldado en guardia.