Después cantaba con voz ronca el Ca, ira y bailaba la Carmagnola.

A los realistas del pueblo, que eran casi todas las personas pudientes, no les molestaba esto del todo, porque veían en ello una prueba de la plebeyez y de la grosería de las tendencias revolucionarias.

Para ellos la República con sus glorias no podía servir más que para hacer vociferar a hombres, como Cucú el rojo en las tabernas o en los caminos.

Algunas veces Choribide había puesto frente a frente al hermano Ventura y a Cucú el rojo.

Cucú el rojo decía su repertorio, y el hermano Ventura vociferaba como si estuviera en un bosque:

—¡Vete a confesar desdichado!—le decía—¡Estás en pecado mortal! El diablo está detrás de ti, ahora mismo dictándote estas palabras, el diablo que está lleno de ciencia y de razones. Sí... sí... no hables. Vete a confesar ahora mismo desdichado.

Choribide se reía a carcajadas. El hermano Ventura quiso llevar un día a Cucú el rojo y a Muchico a la iglesia, pero al acercarse a la puerta los dos se le escaparon.

Una loca del pueblo, que andaba por los alrededores y no entraba en las calles, era Grashi Erua.

Grashi Erua era alta, delgada, rubia, envejecida, con la cara llena de arrugas. Vestía con andrajos de todos colores y como los chicos la tiraban piedras no quería ir al pueblo.