Muchas veces se la veía en medio del bosque con el pelo suelto y una corona de flores silvestres, también se le había visto al lado de un arroyo que formaba un remanso, sentada con un manojo de harapos y cantando como si tuviera un niño en brazos.
Se decía que Grashi Erua era la hija de una señorita extranjera que la abandonó. La habían dejado de niña en un caserío y desde entonces los dueños del caserío eran ricos. Por lo que se contaba, estas gentes del caserío habían despojado a la loca en vista de que su madre no aparecía; y no la habían puesto a trabajar porque era indómita y salvaje.
LIBRO SEGUNDO
LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830
I.
DOS AMIGOS
Ignacio Iturri, liberal emigrado en Francia desde los sucesos de 1823, era hijo de un comerciante de buena posición de Pamplona. Se había visto Iturri al llegar a Bayona sin medios de fortuna, y como estaba medio enamorado de una muchacha, que servía de cocinera en una casa rica de la plaza Grammont, se casó con ella y puso una posada en la calle de los Vascos, a donde fué atrayendo a todos sus paisanos que iban a Bayona por algún negocio.
La posada de Iturri ocupaba toda una casa de piedra y ladrillo rojo, con entramado de vigas negras y el tejado de piñón. Esta casa tenía dos pisos, y en el principal en el balcón muy saliente colgaba una muestra con un letrero en francés y otro en castellano.
La posada de Iturri era limpia y decente, los cuartos grandes con el suelo encerado y las ventanas de guillotina, los muebles modernos; además de esto, tenía el atractivo de ser uno de los sitios en donde se guisaba mejor en Bayona, pueblo en donde se guisa bien en todas partes.
Un inconveniente tenía la posada de Iturri y era el olor a bacalao que salía de los almacenes de la calle de los Vascos. A tal perfume había que acostumbrarse quieras que no; habituándose a ello la posada de Iturri podía considerarse casi como un lugar de delicias.