Iturri era hombre de unos cincuenta años, fuerte, rechoncho, de ojos negros, de cara redonda y rasurada de tono azul y expresión melancólica. Hablaba con mucha calma y circunspección. Cualquiera le hubiera tomado por un cura o por un exclaustrado, sin embargo, a pesar de su aire clerical, de su cara dulce y de sus manos blancas y regordetas era hombre de arrestos.
Su mujer Graciosa, era una vasca de aire de grulla, de nariz afilada y mejillas sonrosadas, que trabajaba, hablaba y reñía todo al mismo tiempo sin parar.
Iturri el posadero que no tenía hijos, aceptó en su casa a un sobrino suyo ex seminarista escapado de Pamplona, llamado Manuel Ochoa.
Manuel Ochoa era un muchacho hijo de unos labradores del valle de Ulzama. Considerándolo como chico listo sus padres le habían puesto a estudiar para cura. Al principio Ochoa marchó bien en el Seminario, pero luego comenzó a averiguarse que cortejaba a las mozas, después se supo que se manifestaba liberal y al último que había asistido a una reunión de militares masones. Ochoa buscado por la policía se metió en Francia y fué a acogerse a la fonda de su tío. Iturri le trató bien, y como tenía grandes conocimientos entre los emigrados le presentó a Don Sebastián Miñano que estaba por entonces trabajando en varias obras y que publicaba desde 1825 la Gaceta de Bayona.
La mujer que vivía con el abate Miñano, y de la que tenía varios hijos, era algo pariente de Ochoa así que éste fué protegido por el abate.
Ochoa era muchacho violento, capaz de trabajar con entusiasmo. En los ratos de ocio se dedicaba a jugar a la pelota, lo que era para él como un sucedáneo de la acción.
Pronto le disgustó a Ochoa la colaboración con Don Sebastián Miñano.
Entre los liberales emigrados se decía que la redacción de la Gaceta de Bayona que estaba en la calle del Pont Neuf bajo los arcos, en casa de Barandiaran, era un punto de espionaje de Calomarde.