Manuel Ochoa riñó varias veces con Miñano. Ochoa era de estos hombres tempestuosos, que saltan al menor roce, que arrastran a la gente y tienen siempre entusiastas por su valor y su energía.

Una señora de Bayona, casada con un propietario rico, se enamoró de Ochoa y el seminarista tuvo un momento de éxito y de orgullo. Esta señora que no tenía mucho miedo ni a la opinión ni a su marido, fué varias veces a cenar con el estudiante a un gabinete reservado de la fonda del Comercio.

Iturri el fondista, que temía el escándalo, fué a ver a Miñano y a contarle lo que pasaba, y entre los dos decidieron mandar a Ochoa con un pretexto a París. Ochoa copiaría documentos en la Biblioteca Nacional para el abate.

En aquella época, Ochoa hubiera preferido quedar en Bayona, pero como no encontraba la menor apariencia de pretexto que oponer tuvo que marcharse.

Ochoa fué a París, conoció a algunos emigrados españoles y tomó parte en la sublevación de Julio.

Cuando Leguía y Chacón, comisionados por los liberales de Londres, llegaron a París, Ochoa se unió a ellos en sus visitas y diligencias. Luego al ir presentándose los emigrados se hizo definitivamente de su grupo.

Conoció a Mina, a Chapalangarra, a Jáuregui. Como no tenía ya carrera ni oficio pensó que lo mejor sería unir su suerte a la de aquellos hombres. Más culto que estos militares, pudiendo hermanar las letras y las armas, pensó le sería fácil conseguir un éxito con poco que le ayudara la suerte.

En París trabó amistad con Eusebio de Lacy, con quien vivió durante algún tiempo.

Eusebio de Lacy era un joven de ojos azules, pelo rubio y aspecto poco fuerte, aunque tranquilo y noble.

Eusebio había nacido en Holanda, en la isla de Walcheren, adonde su madre había seguido a Luis de Lacy, que entonces era capitán en la legión irlandesa que mandaba Arturo O'Connor y que estaba al servicio de Napoleón.