TERCERA PARTE
LAS FIGURAS DE CERA
I
PERSONAJES HISTÓRICOS
Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo.
—La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda—decía él—. Siempre hay gente que quiera comprar.
El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a él, el chatarrero se enriqueció.
Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona.
Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría, desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó las mejillas con albayalde y bermellón.
Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas, casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás.
La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más prestigio y fama.