Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente, María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la iconografía.

Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución francesa y el Imperio.

Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica.

—A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto—le dijo Chipiteguy.

—¿Qué hay que hacer?

—Quisiera identificar todas estas figuras de cera—indicó el viejo, señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en un Spoliarium.

—Querido tío—dijo Marcelo—: esto es más difícil de lo que parece a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la indumentaria.

Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni su padre.

El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat, Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a la cabeza, eran indudables.

Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire ambiguo.