A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes: el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama Bonita.
—Esta pícara tiene aire gracioso—dijo Chipiteguy—. Es alguna dama del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores.
Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón.
Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas, pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los ultrajes a la ceroplastia eran continuos.
En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes era lo que podía tener más interés para el respetable público.
Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada, tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más antipático que los criminales unidos a él.
Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador.
Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar común expresivo y amanerado.
Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir: "¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto."
Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared del almacén.