Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire hipócrita y pedantesco, y exclamó:

—¡Qué asquerosos tipos!

Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas.

—¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de todo, no te has de casar con ninguno de ellos—dijo Chipiteguy—, y ya verás como cada uno nos trae sus cuartitos.

La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos.

Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en verdugos.

¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos.

Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas de sacos.

A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran? ¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y empezó a dar gritos de melusina.

Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción indudable en el sistema nervioso.